#060 🌊 Los primeros estoicos: un comerciante que naufraga, un antiguo boxeador y un escritor muerto de risa | Las grandes mentes de la filosofía (VI)
Mi economista irlandés de cabecera, el próximo encuentro de la comunidad, un anime de vikingos y Recuenco for president
Las ideas estoicas inundan hoy los feeds de redes sociales igual que inundaron las mentes de la élite romana. Pero el estoicismo nació mucho antes: en la antigua Grecia.
Sócrates había muerto, al igual que Platón. Y, tras la muerte de su alumno Alejandro, Aristóteles estaba en una isla viviendo sus últimos años. En esta época de caída de ídolos e incertidumbre política, aparecen nuevas corrientes centradas en el individuo.
A diferencia de los grandes sistemas de Platón y Aristóteles, estas filosofías ofrecían una guía práctica para vivir en tiempos difíciles. Filosofías como la de Epicuro, a la que también dedicamos una edición, y como el estoicismo, cuyos peculiares fundadores conoceremos en este texto.
Un comerciante que naufraga
Zenón de Citio comerciaba con el tinte más valioso del Mediterráneo. Tenía treinta años cuando en un naufragio perdió todo su cargamento de púrpura imperial y, con ello, toda su fortuna.
Cuenta Diógenes Laercio que Zenón consultó al Oráculo de Delfos sobre cómo alcanzar una buena vida. Para hacerte una idea, el Oráculo era el ChatGPT de los griegos, un lugar al que acudían cuando tenían dudas importantes. La respuesta fue enigmática: «tomar el color de los muertos». Zenón interpretó que tenía que estudiar a los sabios antiguos, así que fue a una librería a buscar libros.
Se sumergió en las páginas de los Memorabilia de Jenofonte. Este alumno de Sócrates dejó por escrito las ideas y experiencias de su maestro. Zenón quedó fascinado y se preguntó dónde encontrar a un hombre como Sócrates. Debió decirlo demasiado alto, porque el librero le escuchó y le invitó a seguir a Crates de Tebas, que pasaba justo por allí. Así comenzó Zenón su formación en filosofía, con uno de los integrantes de la secta del perro.
Sopa de lentejas por el centro de Atenas
Una de las ideas fundamentales de los cínicos es que las convenciones sociales nos esclavizan. Y Crates tenía sus propios métodos de enseñanza.
Para curar a Zenón de la vergüenza, le ordenó llevar una olla de sopa de lentejas por el barrio más concurrido de Atenas. Imagina a un antiguo comerciante de éxito, paseando con una olla de legumbres mientras todo el mundo le mira. Zenón no pudo soportar la presión social e intentó esconder la olla bajo la ropa. Crates, al verlo, se acercó y rompió la olla de un bastonazo. Zenón huyó con las lentejas escurriéndose por sus piernas, mientras Crates le gritaba: «¿Por qué huyes, mi pequeño fenicio? No te ha ocurrido nada terrible».
Zenón buscaba ir más allá del provocador estilo de vida cínico y, cansado de que su maestro le dejara en ridículo, decidió estudiar con otros filósofos.
Después de unos años sin encontrar lo que buscaba, Zenón decidió fundar su propia escuela. Pero había un pequeño problema: vagar de un lado para otro escuchando filósofos no da dinero. Seguía arruinado. Sin nada que perder, eligió un pórtico público para enseñar. El pórtico, que en griego se dice stoá, daría nombre a su filosofía. Allí dio clases durante más de treinta años a cualquiera que quisiera escucharle, sin importar su origen ni su condición.
Con el paso del tiempo, Zenón diría sobre la pérdida de su fortuna:
«Tuve un viaje muy próspero gracias a sufrir un naufragio».
Los atenienses terminaron respetándole tanto que le otorgaron un sepulcro público y una corona de oro. Y tras la muerte de Zenón, la escuela pasaría a manos del alumno menos esperado.
Un antiguo boxeador
Cleantes de Asos fue un boxeador que viajó a Atenas con cuatro dracmas en el bolsillo. Para asistir a las clases de Zenón, trabajaba por las noches sacando agua de pozos y cargando piedras para un jardinero.
Tras la muerte de su maestro, dirigió la escuela durante treinta y dos años, hasta morir él mismo, a los noventa y nueve. Y su mayor contribución fue añadir dos palabras a una de las frases pilares del estoicismo.
Zenón había dicho que el fin de la vida es «vivir coherentemente». Cleantes añadió: «vivir coherentemente con la naturaleza». Esas palabras se convertirían en el corazón del estoicismo griego.
El filósofo que murió de risa
Un dicho antiguo afirma: «Sin Crisipo, no habría habido Stoa». Si Zenón el comerciante plantó las semillas y Cleantes el boxeador las regó, Crisipo construyó todo el edificio teórico. Cuentan que escribió quinientas líneas al día y más de setecientas obras. Ninguna ha llegado completa a nuestros días.
Desarrolló una lógica tan sofisticada que el mundo tardó dos mil años en entenderla. Y en ese debate que nos traemos sobre el libre albedrío, Crisipo defendió el compatibilismo proponiendo que todo está determinado por el destino, pero que somos libres y responsables de nuestra vida.
Murió, según la leyenda, de un ataque de risa. No es mala forma de irse.
Las ideas de los primeros estoicos
Para los primeros estoicos la filosofía era como un huevo. La lógica es la cáscara que la protege del sinsentido exterior. La física es la yema que da sabor y nutrientes. Y la ética es la clara que lo conecta todo.
Su ética parte de la idea que Cleantes le matizó a Zenón: vivir coherentemente con la naturaleza. ¿Y qué significa eso? Para los estoicos, lo que nos distingue como humanos es la razón. Vivir según la naturaleza es vivir según la razón. Y la virtud no es otra cosa que el uso correcto de esa razón. Por eso, lo único verdaderamente bueno es la virtud, y lo único verdaderamente malo es el vicio. Todo lo demás (salud, dinero, fama, incluso la vida) es «indiferente». No es que todo esto no sea importante, pero no es lo que determina tu felicidad.
De aquí viene la distinción más conocida del estoicismo: hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no. Dependen de nosotros nuestros juicios, deseos y acciones. No dependen de nosotros el cuerpo, las posesiones o lo que otros piensen de nosotros. La libertad consiste en actuar sobre lo primero y aceptar lo segundo.
Las obras de los primeros estoicos se han perdido casi por completo. Pero sus ideas sobrevivieron. Pasaron a Séneca, a Epicteto, a Marco Aurelio. Influyeron en el cristianismo. Y reaparecen hoy, a veces simplificadas hasta la caricatura, en la cultura del emprendimiento y la resiliencia.
El estoicismo original era más extraño e interesante que sus citas instagrameables. No prometía éxito ni productividad, sino libertad interior. No enseñaba a reprimir emociones, sino a examinar los juicios que las producen.
Y empezó con un comerciante que tuvo un viaje próspero gracias a sufrir un naufragio.
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