#055 ⭐ Aristóteles: lógica, un argumento a favor de Dios y sabiduría práctica | Las grandes mentes de la filosofía (V)
Incentivos: señales confusas, luces y sombras del maestro, y una guía para la buena vida
Aristóteles se quedó huérfano de padres durante su adolescencia. Próxeno, quien ya se estaba encargando de la educación del joven antes de la muerte de su padre, lo envió con solo 17 años a Atenas, para que estudiase en la Academia. Allí aprendió del propio Platón, quien seguro le inspiró para escribir sus primeras obras en formato de diálogo.
Tras la muerte de Platón, al no ser ciudadano ateniense, Aristóteles no podía heredar la Academia. Esta pasó al sobrino de Platón y Aristóteles abandonó la ciudad para investigar biología. Hasta que le llamó Filipo II de Macedonia para que fuera el tutor de su hijo de 13 años, un tal Alejandro. Durante ocho años, el filósofo dio clases en la corte de Filipo a tres futuros reyes macedonios.
Después volvió a Atenas, donde fundó el Liceo: un jardín y gimnasio en el que, a diferencia de la Academia, las clases eran gratuitas y abiertas. Mientras que Platón desconfiaba de la escritura, pues creía que atrofiaba la memoria y congelaba el pensamiento, Aristóteles prefería sistematizar los aprendizajes obtenidos en el Liceo, intercalando los paseos reflexivos que daban nombre a su escuela con la redacción de tratados con el resto de peripatéticos.
A Aristóteles se le atribuye la siguiente frase: «Amicus Plato, sed magis amica veritas» («Platón es mi amigo, pero más amiga es la verdad»). Para entender la gran diferencia entre maestro y alumno, podemos fijarnos en el conocido fresco de la Escuela de Atenas de Rafael.
Platón, con el Timeo bajo el brazo, una obra sobre la geometría del universo, señala al cielo, al mundo de las Ideas.
Aristóteles, sosteniendo la Ética a Nicómaco: un manual para la vida dedicado (posiblemente) a su hijo, apunta con la palma hacia la tierra, al mundo de la experiencia.
Ambos son fundamentales para entender el pensamiento occidental. Ya le dedicamos una de las ediciones pasadas de esta serie a Platón; hoy, toca Aristóteles.
Un gran polímata
Aristóteles fue uno de los grandes polímatas de la historia, ejemplificando con su vida esa idea de kaizen de que la especialización es para los insectos (y esa frase recurrente de Jaime de que «los griegos ya habían pensado en todo»). Para que te hagas una idea:
Aristóteles escribió el primer manual de lógica, que se usaría durante más de 2000 años. Describió y clasificó más de 500 especies animales. Recopiló y analizó 158 constituciones de diferentes polis para ver qué funcionaba en el mundo real, creando la ciencia política. Y, por si te parece poco: propuso la física que perduraría hasta Newton junto a algunos de los cimientos de la metafísica, analizó los tres pilares de un buen discurso, teorizó por qué les gustaba el teatro a los griegos y hasta escribió tratados meteorológicos. LinkedIn se le habría quedado corto.
Y lo que es increíble es que, dos mil cuatrocientos años después, sus ideas siguen todavía entre nosotros. Hay tres en las que merece la pena detenerse: los fundamentos de la lógica, un argumento a favor de Dios y una ética con un objetivo claro.
Los fundamentos de la lógica
En la antigua Grecia, los debates eran un caos de opiniones y falacias. No es que ahora sean mucho mejores, pero hasta la aparición del Organon (όργανον, «herramienta» en griego antiguo) no había reglas formalizadas para pensar y argumentar de forma lógica.
La escuela de Aristóteles propuso el silogismo: una estructura de deducción infalible en la que, si las premisas son ciertas y la estructura es válida, la conclusión tiene que ser verdad.
Cuando miras al cielo nocturno, verás que las estrellas parecen «temblar» o cambiar ligeramente de intensidad y color muy rápido. Eso se conoce como titilar. Aristóteles utilizó este fenómeno visual para diferenciar entre las estrellas y los planetas mucho antes de que existieran los telescopios, siguiendo un silogismo:
Premisa A: Lo que no titila está cerca.
Premisa B: Los planetas no titilan (a diferencia de las estrellas lejanas).
Conclusión: Por lo tanto, los planetas están cerca.
Aristóteles también sabía que la lógica se puede trampear y creó una de las primeras listas de falacias lógicas de la historia: 13 argumentos que parecen válidos, pero no lo son. Este tipo de estructuras, que utilizan con frecuencia nuestros políticos, ya eran utilizadas por los sofistas en la Antigua Grecia para engañar a los ciudadanos. Lo dicho, «los griegos ya habían pensado en todo»».
Un argumento a favor de Dios
Al observar el movimiento físico, Aristóteles se da cuenta de que una cosa mueve a otra. Para él, el movimiento es el paso de la potencia (la capacidad de ser algo) al acto (el hecho de serlo).
El ejemplo de la madera: Un trozo de madera está en potencia de ser fuego. Pero la madera no puede prenderse fuego a sí misma; necesita un agente externo (un fósforo o la chispa de otra madera ya encendida) que esté en acto de quemar para transmitirle esa propiedad.
La imposibilidad del movimiento espontáneo: Nada puede ser, al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto, motor (lo que mueve) y móvil (lo que es movido).
El filósofo deduce que esa cadena de causas y efectos no puede ser infinita. El inicio debe ser un primer motor inmóvil, la causa primera que pone todo el universo en marcha, cuyas características deduce por pura lógica:
Es inmóvil: Si se moviera, necesitaría a otro que lo moviera a él, volviendo al problema del infinito.
Es acto puro: No tiene “potencia”, porque tener potencia implica la posibilidad de cambiar. Si no cambia, es perfecto y acabado.
Es inmaterial: Todo lo material es capaz de cambiar o corromperse. Al ser inmóvil, el primer motor debe ser ajeno a la materia.
Estas ideas serían rescatadas por la teología de la Edad Media, especialmente por Santo Tomás, que la convertiría en uno de sus cinco argumentos racionales para justificar la existencia de Dios:
«La primera y más clara es la que se deduce del movimiento. (...) Es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a Dios».
Más allá de la religión y de la verdad (o no) detrás de este razonamiento, buscar los primeros principios de lo que nos rodea es una forma interesante de razonar que nos permite encontrar la primera causa sobre la que construir soluciones originales. Aunque, como descubrimos hace algunas newsletters, no está exenta de peligros.
Una ética con un objetivo claro
Aristóteles estaba interesado en la sabiduría práctica. Para él, todo en la naturaleza tiene un fin, un telos. El telos de la bellota es convertirse en roble. El telos de un cuchillo es cortar bien. ¿Y el telos del ser humano? Utilizar la razón para vivir de acuerdo a la virtud.
Ese vivir de acuerdo a la virtud es lo que nos permite alcanzar la eudaimonía, que se suele traducir como felicidad, pero cuyo significado se parece más a palabras como florecimiento o realización. Es la satisfacción profunda de actuar para alcanzar tu potencial como ser humano, de alcanzar tu telos.
Para alcanzar la virtud, Aristóteles compartió un atajo: el justo medio. La virtud no está en los extremos, sino en el equilibrio entre el vicio por exceso y el vicio por defecto. La valentía es la virtud entre el vicio por defecto de la cobardía y el vicio por exceso de la temeridad. La generosidad es la virtud entre el vicio por defecto de la avaricia y el vicio por exceso del derroche.
El justo medio no es una media aritmética, sino un equilibrio que depende del contexto y la situación en la que nos encontramos. Nadie nace virtuoso. Como parafraseó el historiador Will Durant a Aristóteles: «Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, es un hábito».
Luces y sombras de Aristóteles
Aristóteles fue una de las grandes mentes de la historia de la filosofía. Sistematizó el saber humano y nos dio herramientas nuevas para pensar. Pero su éxito fue tan rotundo que acabó convirtiéndose en un problema.
Durante casi 1500 años, su palabra fue ley. En la Edad Media se acuñó la expresión Magister dixit («el maestro lo dijo»). Si tenías una duda sobre física, biología o astronomía, no mirabas al mundo; mirabas los libros de Aristóteles. Si él decía que la Tierra era el centro del universo o que los cuerpos pesados caían más rápido que los ligeros, se aceptaba como dogma incuestionable.
Paradójicamente, esa autoridad frenó el avance de la ciencia que él mismo había fundado. Tuvieron que llegar figuras como Galileo o Newton para cuestionar al maestro.
Si Aristóteles hubiera vivido para ver un telescopio, habría sido el primero en mirar a través de él para reescribir sus libros. Porque su verdadera enseñanza no eran sus conclusiones (muchas de las cuales hoy sabemos que son erróneas), sino la búsqueda de la verdad, sin importar quiénes sean nuestros amigos o maestros.
🎙️ Episodio de la semana: #256 Incentivos (III): señales confusas — imanes, Yakuzas y taxistas
Esta semana hablamos de zanahorias, de palos y de por qué los humanos somos tan rematadamente difíciles de programar, para frustración de quienes somos ingenieros. Y por el camino:
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