#072 💥 La paradoja de la tolerancia
Las 1000 caras de Dios
Puede que te hayas cruzado en algún momento con esta imagen.
Esta paradoja de la tolerancia se utiliza como argumento definitivo en discusiones sobre censura, extremismo y cualquier tema donde alguien quiera cerrarle la boca a otro. El argumento suele ser algo como: «No debemos tolerar al intolerante porque puede terminar destruyendo la tolerancia». Vamos, que la intolerancia está justificada con el intolerante.
Sin embargo, ésta es una aproximación un poco simplista. La paradoja de la tolerancia que propuso Karl Popper es mucho más interesante.
La sociedad abierta y sus enemigos
Karl Popper fue uno de los filósofos más influyentes del siglo XX. Cambió la forma en que entendemos la ciencia con la falsabilidad y cambió, también, la forma de entender la política con La sociedad abierta y sus enemigos. Allí, en una nota a pie de página, es donde aparece la paradoja de la tolerancia, como un apunte al margen de una discusión mucho mayor.
Popper empezó a escribir ese libro el día en que recibió la noticia de que la Alemania nazi había invadido Austria. Lo terminó cinco años después, exiliado en Nueva Zelanda, aislado al otro lado del mundo, mientras el resultado de la guerra todavía era incierto.
En La sociedad abierta y sus enemigos Popper critica duramente la filosofía política de Platón y todos los que han seguido su pensamiento. El error fundamental de estos enfoques es el historicismo: la creencia de que la historia sigue leyes inevitables, que tiene un destino prefijado y que el papel del político es descubrir ese destino y acelerarlo. Para Platón era el retorno a un estado ideal gobernado por un rey-filósofo. Para Hegel, el despliegue del Espíritu Absoluto. Para Marx, la revolución del proletariado y la sociedad sin clases.
Popper critica la propia idea de que la política consista en acercarse a una sociedad utópica. Porque el problema de estos razonamientos es que justifican cualquier medio para alcanzar ese fin, violencia y tiranía incluidas. Frente a eso, Popper propone lo que llama la sociedad abierta: una sociedad que avanza mediante prueba y error, donde las instituciones se pueden reformar sin violencia y donde no hay un destino fijado de antemano.
La pregunta política fundamental cambia de «¿quién debe gobernar?» (el filósofo-rey, el partido, el pueblo) a «¿cómo controlamos al que gobierna para que no abuse del poder?». En lugar de buscar a gobernantes perfectos que nos lleven a la sociedad ideal, lo que propone Popper es crear frenos y contrapesos para compensar las limitaciones y contrarrestar los posibles abusos de quien gobierna.
Popper llama a este enfoque ingeniería social gradual: reformas concretas, limitadas y corregibles. Es el enfoque opuesto a la ingeniería social utópica, que quiere rediseñar la sociedad entera desde arriba. Es dentro de ese marco donde aparece la paradoja de la tolerancia, que viene acompañada de otras dos paradojas.
Un trío de paradojas
La paradoja de la libertad es la más intuitiva de las tres. Si la libertad es total, sin ningún control, los más fuertes acaban esclavizando a los débiles. Por eso la libertad tiene límites.
La paradoja de la democracia viene a decir que una mayoría podría decidir democráticamente entregar el poder a un tirano. El voto popular puede, literalmente, votar su propia desaparición. El Reichstag lo hizo en marzo de 1933, cuando aprobó por procedimiento legal la ley que convertía a Hitler en dictador. También ocurrió en Venezuela, cuando Chávez ganó las elecciones de 1998 y fue desmontando las instituciones democráticas mediante referéndums aprobados por voto popular.
La paradoja de la tolerancia comparte la misma estructura que las otras dos paradojas. Y como estamos criticando la simplificación de la infografía, vamos a rescatar las líneas que el propio Popper escribió para explicarla:
«La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos.
Tenemos por tanto que reclamar, en el nombre de tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia».
Las tres paradojas comparten una lógica: si formulamos estos principios de forma absoluta se terminarán destruyendo a sí mismos. Tiene mucho que ver con ese pensamiento gris del que tanto hablamos en Kaizen. Porque la política no es un tema de blancos y negros, sino de matices. Por eso se dan las paradojas, que se resuelven poniendo límites.
La intolerancia como último recurso
El problema de la paradoja de la tolerancia es que se ha convertido en un eslogan que ha sido secuestrado por todo el espectro político. Ya hemos hablado largo y tendido de que como seres humanos tendemos a dividir el mundo en Ellos y Nosotros, y la paradoja de Popper, mal leída, se convierte en el arma perfecta para esta lucha.
Por un lado, se usa para justificar la censura de cualquier idea incómoda. Si etiqueto al adversario como «intolerante», tengo licencia para silenciar o evitar sus ideas sin necesidad de argumentar.
Por el otro, se usa para justificar la propia intolerancia. Porque con la bandera del que defiende la tolerancia, se justifican hechos que en cualquier otro contexto serían condenados.
Pero Popper no pensó en esta paradoja como un martillo para ganar discusiones. La dificultad real está en saber cuándo se cruza la línea entre la discrepancia y la amenaza. El propio Popper oscila entre la prudencia («su prohibición sería poco prudente») y la contundencia (pidiendo que la incitación a la intolerancia se considere criminal). No nos dejó una respuesta fácil, porque las respuestas fáciles en política no suelen terminar muy bien.
Lo que está claro es que la intolerancia no es una herramienta ofensiva, sino el último recurso al que acudir cuando alguien empieza a amenazar la tolerancia. Hasta entonces, luchemos con argumentos.
🎙️ Episodio de la semana: #272 Las 1000 caras de Dios
Hoy vamos a intentar caminar por una línea delgada y bastante peligrosa: reflexionar sobre Dios tratando de no ofender a nadie. Por el camino:
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