#066 🔮 Las historias sobre el futuro están construyendo el presente
Tiempo de futuros, Universo 42 y mucho más
Esta semana hemos liado a David Alayón para reflexionar en primicia sobre algunas de las ideas de su nuevo libro, Tiempo de futuros, que justo ve hoy la luz y que ya puedes comprar en tu librería de confianza o en Amazon.
La reflexión de David conecta directamente con el pensamiento narrativo del que nos habló César Astudillo, con esa idea del futuro en nuestras manos sobre la que reflexionamos con Sara Rodríguez Marín y con ese concepto de agencia al que tanto hemos acudido esta temporada en el podcast.
David es un sospechoso habitual de kaizen. Por si todavía no le conoces, es la mente detrás de la newsletter Future Today. Estuvo hace ya un tiempo en el podcast, junto a Mónica Quintana, para hablar de perfiles a prueba de futuro. Es el CEO y fundador de la consultora Innuba. Y es uno de los tres integrantes del podcast Heavy Mental.
Ahora sí, te dejamos en sus manos.
🔮 Las historias sobre el futuro están construyendo el presente
Hay una pregunta que lleva tiempo rondando mi cabeza y que, al final, se convirtió en uno de los hilos conductores de mi nuevo libro Tiempo de futuros (2026): ¿cómo las historias del futuro dan forma a cómo nos comportamos en el presente?
No creo que seamos suficientemente conscientes de ello. Las proyecciones del mañana nos llegan de muy distintas formas: una novela de ciencia ficción, un titular catastrofista, un informe del Foro Económico Mundial, una campaña de comunicación gubernamental, el discurso de un CEO en un congreso. Todas ellas, aparentemente distintas, comparten un mismo mecanismo: instalan en nuestra mente una imagen del futuro que condiciona nuestras creencias, nuestros comportamientos y nuestras acciones en el presente. Nos movilizan o nos paralizan. Nos abren posibilidades o las cierran.
La industria del cine lleva décadas construyendo futuros imaginarios que han moldeado lo que esperamos de la tecnología, del poder o de la naturaleza humana. Las grandes tecnológicas despliegan sofisticadas operaciones de lobby que no solo buscan influir en regulaciones, sino en cómo el público entiende qué futuro es deseable y quién debe construirlo. Los gobiernos lanzan campañas de comunicación que enmarcan los retos colectivos y eso determina en buena medida si la sociedad responde con urgencia o con resignación. ¿Eres consciente de cómo te influyen las narrativas sobre el futuro?
El poder oculto de las imágenes de futuro
A mediados del siglo XX, un sociólogo holandés llamado Fred Polak se dedicó a estudiar algo que nadie había analizado con rigor: la relación entre las imágenes colectivas del futuro y el destino de las civilizaciones. Polak había vivido la ocupación nazi de los Países Bajos y había observado en primera persona cómo las visiones del mañana podían movilizar o paralizar a sociedades enteras.
Su conclusión fue que el auge y la caída de las imágenes del futuro preceden o acompañan el auge y la caída de las culturas. La Atenas clásica floreció mientras sus ciudadanos creían que podían alcanzar la excelencia en todos los ámbitos humanos. El Renacimiento eclosionó justo cuando los intelectuales comenzaron a imaginar que podían «renacer» culturalmente, rompiendo siglos de fatalismo medieval. Y la Alemania de Weimar, que había perdido sus imágenes positivas del futuro tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, se volvió susceptible a narrativas apocalípticas y autoritarias.
La tesis de Polak es incómoda porque implica que las expectativas colectivas no son solo un reflejo de la realidad, sino una fuerza que co-crea esa realidad. ¿Puede ser que estemos viviendo algo parecido hoy?
Somos la especie que se cuenta historias
El neurocientífico Dean Buonomano describe nuestro cerebro en Tu cerebro es una máquina del tiempo (2017) como un sistema que literalmente viaja entre el pasado y el futuro, usando memorias como materia prima para construir predicciones. Y hay algo fascinante en cómo lo hace: el cerebro utiliza exactamente las mismas regiones para recordar que para proyectar. Cuando alguien sufre daños en esas áreas y pierde la capacidad de recordar, también pierde la de imaginar el futuro. El pasado y el futuro están neurológicamente cosidos.
Esto convierte la imaginación en algo mucho más poderoso de lo que solemos pensar. Cuando construimos escenarios alternativos, cuando nos preguntamos «¿y si...?», estamos, literalmente, ensayando y entrenando, preparándonos para el futuro. Los neurocientíficos tienen incluso un nombre para esto: memoria episódica del futuro.
Pero si tenemos esa extraordinaria capacidad, ¿por qué somos tan malos imaginando futuros realistas y deseables? Porque entre nosotros y el futuro se interpone una arquitectura de sesgos y trampas cognitivas: el sesgo de negatividad nos hace temer desproporcionadamente lo dramático, la aversión a la pérdida nos paraliza ante el cambio, o el sesgo de disponibilidad nos hace pensar que lo que más vemos en las noticias es lo más probable.
Y ahí es exactamente donde entra la narrativa. Como dijo Terry Pratchett: «Somos el simio narrador». Los argumentos racionales activan nuestras defensas mentales. Las historias las esquivan y tocan algo más profundo. Cuando te pierdes en una historia, tu resistencia cognitiva baja y el futuro que describes empieza a sentirse posible. El relato siempre matará al dato.
Nuestra incapacidad de imaginar futuros mejores
Pero vivimos atrapados en un presente que nos dificulta especialmente esta tarea. La sociedad del cansancio que describe Byung-Chul Han, la permacrisis, el aceleracionismo tecnológico, el secuestro sistemático de nuestra atención por parte de plataformas diseñadas para mantenernos en el scroll infinito... Todo conspira para que nuestra ventana temporal se encoja. Es muy difícil pensar en el mañana cuando el presente te consume.
A eso se suma una trampa cultural más profunda, lo que el filósofo Mark Fisher llamó «realismo capitalista»: esa incapacidad casi patológica de imaginar que las cosas podrían organizarse de otra manera. Jameson y Žižek lo sintetizaron en su frase: «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo». Hemos aceptado el «There Is No Alternative» de Thatcher y El fin de la historia (1992) de Fukuyama como la única realidad posible.
Y luego están las distopías. El siglo XX fue el siglo de las distopías literarias con referentes como Un mundo feliz (1932), 1984 (1949), Fahrenheit 451 (1953) o El cuento de la criada (1985), que plantearon radiografías sociales que nos alertaban sobre peligros reales. Pero en el siglo XXI las distopías se han vuelto de proximidad: Black Mirror (2011) no sitúa el horror en el año 2500, sino en una versión apenas distorsionada del hoy. Years and Years (2019) sigue a una familia británica mientras el mundo se desmorona con una lentitud exasperante y absolutamente reconocible. La ciencia ficción sin ciencia es fantasía, hablamos de Harry Potter o El Señor de los Anillos; pero cuando se construye sobre señales reales del presente, sobre evolución tecnológica e impacto social y cultural, se convierte en algo mucho más poderoso: un escenario de futuro.
Las distopías son herramientas para reflexionar sobre lo que no queremos. El problema es cuando se vuelven el único idioma en el que sabemos hablar del mañana.
Protopías e hipersticiones para movilizar al futuro
Para dirigirse hacia algún lugar, primero hay que saber a dónde se quiere ir. No desde el miedo a lo que podría pasar, sino desde la ilusión por lo que queremos construir. Las visiones que cambian el mundo no son solo las que nos aterran, sino también las que nos ilusionan. Es el «Tengo un sueño» de Martin Luther King.
Existe un concepto que desde que lo descubrí no he dejado de ver en todas partes: las hipersticiones. Se trata de ficciones que se instalan en el imaginario colectivo, cambiando nuestras creencias, lo que deriva en un cambio de comportamientos, y eso finalmente deriva en un cambio en la realidad. Son, en definitiva, ficciones que se vuelven reales. Un caso muy conocido es Star Trek, que inspiró tecnologías de futuro como tablets, auriculares bluetooth, asistentes de voz o impresoras 3D. Las historias que contamos sobre el futuro no son neutrales sino actos que participan activamente en crear la realidad que describen.
El obstáculo histórico siempre han sido las utopías, esas creaciones tan perfectas, tan totales, que resultan imposibles de creer y, por tanto, imposibles de habitar. Por eso me parece tan valioso el concepto de protopía que acuñó el futurista Kevin Kelly. Una protopía no es un futuro perfecto donde todos los problemas se han resuelto. Es un futuro donde las cosas mejoran, en promedio, un poco cada año. Con contradicciones, con tensiones no resueltas, con nuevos problemas emergentes, pero donde el balance neto es positivo. Son creíbles precisamente porque no son perfectas.
Y lo más interesante: las protopías no son teorías sino que ya están ocurriendo. En Manitoba, un experimento de renta básica en 1974 demostró que cuando los hogares con ingresos insuficientes recibían dinero sin condiciones, las hospitalizaciones caían, la salud mental mejoraba y nadie dejaba de trabajar. En Utah, el programa Housing First probó que dar vivienda a personas sin hogar sin exigir condiciones previas funcionó, y resultó más barato que mantenerlos en la calle. Como diría el sociólogo Erik Olin Wright, son «utopías reales» o protopías, espacios de futuro que ya funcionan en el presente.
Tiempo de futuros
El futuro se está escribiendo ahora, con o sin nosotros. Las decisiones que se toman hoy sobre inteligencia artificial, transición energética, ciudades inteligentes o sistemas educativos están diseñando el mundo que habitarán las generaciones que vienen. La pregunta es si vamos a ser actores de ese diseño o simplemente espectadores.
Estamos en un punto de inflexión. Convergen tantas transiciones simultáneas que las decisiones de esta década importan de manera desproporcionada. Pensar en clave de futuros nos ayuda en dos direcciones: anticipar lo que podría ocurrir para estar más preparados, y clarificar lo que queremos que ocurra para movilizar energía colectiva hacia ello.
La imaginación del futuro es una competencia estratégica. Un músculo que llevamos años sin ejercitar de manera sistemática, pero que está ahí, esperando.
Como dijo Buckminster Fuller: «Fuimos llamados para ser los arquitectos del futuro, no sus víctimas». La elección sigue siendo nuestra.
🎙️ Episodio de la semana: Un nuevo proyecto: Universo 42
Un capítulo especial para presentarte Universo 42, un nuevo proyecto para quienes quieren pensar mejor en un mundo cada vez más complejo. Por el camino:
🥴 Vivir en un absurdo constante
💭 Enfrentarse a preguntas difíciles
🗣️ La responsabilidad de hablar con franqueza
🧠 Cuatro formaciones para elevar el nivel
➕ Y mucho más
Web | Apple | Spoti | iVoox | YT
🔒 Novedades en la comunidad
Únete a la Comunidad kaizen para apoyar económicamente el proyecto y acceder a un foro en el que encontrarás a otros curiosos compulsivos, recomendaciones de cientos de libros y películas, tendrás acceso a contenidos exclusivos, a un feed sin publicidad, a sesiones de mentoría con Jaime y a los encuentros digitales.
📅 El siguiente encuentro kaizen de 2026 será el 29 de abril, de 18:30 a 20:00. Hablaremos de: 📚Pedro Páramo, de Juan Rulfo; 🎬 Tres colores: Rojo (1994), Krzysztof Kieślowski y de🍈 las pelis que nos hicieron ser como somos. Puedes apuntarte desde aquí.
🎙️ Si necesitas podcast para estar al día con la actualidad tecnológica, echa un vistazo a las dos recomendaciones de Juan.
📌 Consulta todos los encuentros de primera mitad de 2026 desde el calendario oficial.
📕 Recomendación de la semana: «Tiempo de futuros»
Además de las recomendaciones utópicas, distópicas y protópicas que ha ido dejando David a lo largo de la reflexión, esta semana te recomendamos su libro: Tiempo de futuros.
Entre sus páginas entenderás cómo ha cambiado nuestra relación con el tiempo, desde el eterno presente de cuando éramos cazadores recolectores al tiempo de atención fragmentada y precisión milimétrica de los calendarios del siglo XXI.
También comprenderás el presente complejo, líquido y acelerado en el que vivimos, con crisis permanentes, cisnes negros, rinocerontes grises y otros muchos modelos mentales que te ayudarán a entender los extraños tiempos que nos ha tocado vivir.
Y, lo más importante, aprenderás a explorar las señales de cambio del presente, a imaginar escenarios y narrativas de futuro, y a incorporar todas estas herramientas en tu forma de pensar y actuar para imaginar y diseñar futuros mejores. Porque el futuro se está diseñando ahora mismo. ¿Seremos sus arquitectos o sus víctimas?






Libro comprado!