#065 💭 Especial Montaigne: la trastienda en el castillo, el sueño de la costumbre y contradecirse a uno mismo
El pu*o networking, Universo 42 y mucho más
Al leer a Montaigne sientes que un amigo te habla directamente. Al otro lado del texto encuentras a una persona auténtica, que escribía cuanto se le venía a la cabeza, sin demasiados adornos ni pretensiones. Quizá por eso lleva cinco siglos sin dejar a nadie indiferente.
A partir del estupendo libro de Sarah Bakewell, Cómo vivir: Una vida con Montaigne, dedicamos una serie de tres episodios en el podcast a las ideas y la vida de Michel de Montaigne. En esta edición volvemos a algunos de los infinitos temas sobre los que filosofó en los Ensayos. Y lo hacemos a través de tres de las respuestas que Montaigne nos regaló a una pregunta que llevamos tiempo haciéndonos: ¿cómo vivir?
Ten una habitación privada en la trastienda
Con treinta y ocho años, tras una larga carrera profesional en la magistratura y la muerte de su mejor amigo, Montaigne eligió una torre de su castillo como su cueva personal. Se rodeó de libros, muchos de los cuales eran un regalo de su recién fallecido amigo, y en las vigas del techo mandó grabar sus citas favoritas:
«Lo único seguro es que no hay nada seguro. Y nada es más desdichado o arrogante que el hombre». — Plinio el Viejo
«¿Cómo puedes pensar que eres un gran hombre, cuando el primer accidente que ocurra te puede eliminar por completo?» — Eurípides
«No hay vida más bella que la de un hombre que no piensa; no pensar, ése es un mal verdaderamente llevadero». — Sófocles
Sin nada que hacer, la mente de Montaigne se desbocaba como un caballo sin jinete, inventando miedos, saltando de idea en idea, torturándose con fantasías absurdas. Así que se puso a escribir para apaciguar su mente. Sin método ni plan. Para sí mismo. Para descubrir adónde le llevaban sus pensamientos.
A esa forma peculiar de escribir la llamó essai: intento, prueba. En lugar de tratar de sentar cátedra sobre un tema, Montaigne pensaba en el papel sin ponerse ningún tipo de límites, intentando entender y entenderse. Sin saberlo, al publicar esas reflexiones, daría nombre a un nuevo género literario: el ensayo.
¿Y sobre qué ensayó Montaigne? Sobre todo lo que se le pasaba por la cabeza. Sobre la amistad, sobre los caníbales, sobre por qué lloramos y reímos por las mismas cosas, sobre los nombres, sobre los olores, sobre la crueldad, sobre los pulgares, sobre cómo nuestra mente se entorpece a sí misma o sobre la diversión, entre otras muchas, muchas cosas. Algunas divertidas y otras incómodas. Porque el mundo en el que vivía Montaigne no invitaba precisamente a tomarse las cosas a la ligera.
Despierta del sueño de la costumbre
Para entender a Montaigne hay que viajar a la Francia del siglo XVI.
Católicos y protestantes llevaban décadas masacrándose en nombre de Dios. La Noche de San Bartolomé, en la que miles de hugonotes fueron asesinados en París, ocurrió apenas un año después de que Montaigne se retirara a su torre. Ambos bandos estaban convencidos de poseer la verdad, hasta el punto de estar dispuestos a matar y morir por ella.
¿Y qué hizo Montaigne rodeado de fanatismo? Dudar. En un mundo donde todo el mundo estaba seguro de todo, él eligió no estar seguro de nada. «¿Que sais-je?» (¿qué sé yo?) se convirtió en su lema.
Montaigne estaba convencido de que vivimos dormidos dentro de nuestras costumbres, de que damos por bueno lo que siempre hemos visto, lo que siempre nos han dicho, y solo despertamos cuando nos asomamos a cómo viven otros.
Su truco favorito para despertarse era hacer listas de costumbres disparatadas de todo el mundo. Montaigne escribió ensayos enteros explorando costumbres raras (para la Francia de su época) de otros lugares : mujeres que orinaban de pie y hombres agachados, el deber de matar a tu padre a determinada edad o llevar el pelo largo por delante y corto por detrás. Como cada cultura se toma a sí misma como modelo, recordarse estas diferencias era la forma de Montaigne de liberarse de los límites de su pequeño mundo.
Pero si hablamos de despertar de la costumbre, tenemos que hablar de los caníbales. Cuando unos indígenas de Brasil fueron llevados a la ciudad francesa de Ruán, él fue a conocerlos. Y en vez de horrorizarse, se preguntó si los verdaderos bárbaros no serían quienes se mataban entre sí por discrepancias teológicas. Los caníbales se convirtieron así en un espejo incómodo en el que mirarse y en una excusa para uno de sus ensayos.
Sé ordinario e imperfecto
Montaigne no sólo cuestionaba el mundo que le rodeaba, también se cuestionaba a sí mismo. Y si hay algo que descoloca de él es que se contradice en un mismo ensayo sin importarle lo más mínimo.
Empezó los Ensayos convencido de que filosofar era aprender a morir, muy en la línea estoica. Pero entonces tuvo una experiencia cercana a la muerte al caerse de un caballo. Esa experiencia le resultó dulce; agradable, incluso. Nada de angustia ni pánico. Eso le obligó a replantearse buena parte de lo que había escrito.
Después llegó una piedra en el riñón, que le enseñó que no se puede pensar ignorando el cuerpo. Poco a poco fue soltando el estoicismo y abrazando una filosofía más parecida a la de Epicuro. Dejó de prepararse para la muerte y se puso a prestar atención a la vida: al placer, a la comida, a la conversación, a lo cotidiano. No porque la muerte le dejara de importar, sino porque la vida le importaba todavía más.
Y toda esa evolución de pensamiento aparece, sin disimulo, en los Ensayos. No volvía atrás para corregir lo que ya no pensaba. Lo dejaba a la vista, porque creía que las personas cambian y que pretender ser coherente a toda costa es una forma de autoengaño.
Montaigne no pretendía ser perfecto ni extraordinario. Solo pretendía ser él mismo. Y resulta que ser ordinario, imperfecto y contradictorio es lo que hace que sigamos viéndolo como un amigo cinco siglos después.
«Cada hombre lleva en sí la forma entera de la condición humana».
Montaigne se encerró en una torre para estudiarse a sí mismo y terminó escribiendo sobre la vida. No construyó un sistema filosófico, no dejó una doctrina, ni fundó una escuela. Pensadores como Pascal y Descartes lo despreciaron por ello. Otros como Nietzsche, Emerson o Virginia Woolf lo adoraron precisamente por lo mismo.
El mundo ha cambiado mucho desde que Montaigne escribió sus Ensayos, pero la tentación sigue siendo creer que poseemos la verdad, aferrarnos a ella y mirar mal al que piensa distinto. Quizá por eso hoy es más necesario que nunca preguntarse: ¿qué sé yo?
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