#064 🪞 La ilusión del final de la historia o por qué nuestro cerebro trata al yo futuro como un desconocido
Entradas para el próximo kaizen en directo (Madrid), Joan Tubau, la psicología de tu yo futuro y mucho más
En 1989, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama publicó un ensayo que le catapultó a la fama. Su tesis era que con la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento del comunismo soviético, la humanidad había llegado al punto final de su evolución ideológica. La democracia liberal era el último paso evolutivo posible. Ningún sistema rival podría superarla. Fukuyama no decía que no pudiera haber retrocesos (de hecho, advertía que siempre se podía volver atrás), pero sí que no existía una alternativa mejor esperando en el horizonte. La historia, como competición entre grandes ideas, había terminado.
En solo un par de décadas el ascenso de populismos, el auge de China y los nuevos autoritarismos han puesto en cuestión la tesis del final de la historia. Un error parecido al de Fukuyama cometemos cada día con nuestra propia historia personal.
La persona que eres ahora no es la persona que serás
Veinticuatro años después del ensayo de Fukuyama, los psicólogos Jordi Quoidbach, Daniel Gilbert y Timothy Wilson publicaron un estudio en Science con más de 19.000 participantes de entre 18 y 68 años.
En el estudio compararon dos grupos: a unos les pedían que predijeran cómo cambiarían en los próximos diez años y a otros, diez años mayores, que describieran cuánto habían cambiado realmente. La mayoría reconocía haber cambiado enormemente en los últimos diez años, y la mayoría predecía que apenas cambiarían en los próximos diez.
Gilbert resumió la idea con una frase inmejorable: «Los seres humanos somos obras en construcción que se creen terminadas».
Para medir el coste real de esta ilusión, los investigadores diseñaron otro experimento. A un grupo le preguntaron cuánto pagarían hoy por ver a su banda favorita actual en un concierto dentro de diez años. La cifra media fue de 129 dólares. A otro grupo le preguntaron cuánto pagarían hoy por ver a la banda que era su favorita hace diez años tocar la próxima semana. Solo pagarían 80 dólares. Pagamos un 61% más por satisfacer a un “yo futuro” que lo más probable es que, cuando llegue el momento, no tenga interés en ese concierto.
¿Por qué somos tan malos prediciendo nuestro propio cambio? Quoidbach lo atribuye a que recordar el pasado es relativamente fácil: tienes datos concretos, recuerdos, fotos, anécdotas. Predecir el futuro, en cambio, requiere construir desde cero, simular mentalmente sin apoyos. Y como el cerebro tiende a la eficiencia, usa el presente como ancla y concluye que el cambio simplemente no va a ocurrir.
Tu yo futuro es un extraño (y tu cerebro lo sabe)
Si la ilusión del final de la historia te parece un sesgo más, es porque todavía no sabes lo que descubrió el psicólogo Hal Hershfield.
Hershfield metió a la gente en un escáner cerebral para ver qué pasaba. Observó que cuando pensamos en quiénes somos ahora, se activa intensamente la corteza prefrontal medial, un área clave para el procesamiento de la identidad. En cambio, cuando pensamos en nuestro yo futuro, esa activación es mucho menor. Vamos, que tu cerebro procesa a tu yo de dentro de veinte años como si fuera un completo desconocido.
Y si tu yo futuro es prácticamente un extraño, ¿por qué ibas a sacrificarte hoy por él? Eso ayuda a entender por qué tanta gente no ahorra para la jubilación, por qué mantenemos hábitos que nos pasarán factura, y por qué somos más tolerantes con decisiones éticamente cuestionables cuando las consecuencias parecen lejanas.
Pero Hershfield no se quedó en el diagnóstico. En una serie de experimentos con realidad virtual, los participantes se ponían un casco inmersivo y se plantaban delante de un espejo. Desde el otro lado les devolvía la mirada una versión envejecida de sí mismos y los participantes pasaban cinco minutos mirando a los ojos a su yo de 70 años. Los que pasaron por este proceso destinaban el doble de dinero a una cuenta de jubilación hipotética. Su yo futuro había dejado de ser un extraño.
Compromisos, experiencias transformativas y mentalidad fija
Más allá de ahorrar o no para la jubilación, la ilusión del final de la historia tiene consecuencias en cómo tomamos decisiones. Gilbert lo explica de forma clara: «Cualquier tipo de compromiso de por vida se basa en tu creencia de que conoces a la persona que vas a ser dentro de diez años». Tatuajes, matrimonios, hipotecas a treinta años, elecciones de carrera… todas estas decisiones descansan en la frágil asunción de que la persona que disfrutará o sufrirá las consecuencias se parece mucho a la persona que hoy decide.
Todo esto tiene que ver con lo que la filósofa L.A. Paul llama «experiencias transformativas»; esas decisiones que no solo afectan tu vida, sino que cambian quién eres. Tener un hijo, mudarte a otro país, dejar una relación de años… El problema no es solo que no puedas predecir el resultado; es que no puedes ni saber cómo te sentirás al otro lado, porque la persona que lo vivirá ya no serás tú. Es como decidir si quieres convertirte en vampiro. Tienes que ser vampiro para sentir lo que se siente. Y para entonces, la persona que tomó la decisión ya no existe.
Y queda otra consecuencia de esta ilusión: las etiquetas que nos ponemos. «No soy una persona de deportes». «Soy demasiado introvertido para hacer nuevos amigos». «Mi trabajo siempre estará primero». Son frases que, aunque parecen declaraciones de identidad, son predicciones disfrazadas. Si te suena a algo, es porque la ilusión del final de la historia se parece a la mentalidad fija de Carol Dweck. La mentalidad fija nos hace creer que nuestras capacidades son inamovibles y la ilusión del final de la historia nos convence de que nuestra identidad ya ha alcanzado su forma definitiva.
No sabes cómo cambiarás
Hay algo reconfortante en creer que ya hemos llegado. Si admitiéramos lo transitorias que son nuestras preferencias, estaríamos dudando de cada decisión. Y cuando cambiamos, esa sensación de «ojalá hubiera sabido entonces lo que sé ahora» nos da significado, nos enseña que todavía tenemos cosas que aprender.
Otra crítica interesante al estudio apunta a que predecir «no cambiaré» podría ser perfectamente racional. Porque si crees que algo cambiará pero no sabes en qué dirección, la mejor predicción que puedes hacer es que se mantendrá igual. Partir de que todo seguirá igual puede ser la respuesta más honesta ante la incertidumbre. Pero hay una gran diferencia entre «no sé cómo cambiaré» y «no voy a cambiar». El peligro está en creer lo segundo.
Todavía no es el final de nuestra historia. La persona que lee esto hoy tomará decisiones que la persona de dentro de diez años no entenderá del todo. Y eso, lejos de ser un problema, es simplemente lo que significa estar vivo: ser una obra en construcción.
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