#073 🐂 La sabiduría y la estupidez de las multitudes
¿Qué es la verdad?, recomendaciones de libros para padres, el último encuentro de kaizen antes del verano y lo que nos hace humanos
Sir Francis Galton fue uno de esos personajes peculiares que tanta curiosidad nos generan en kaizen. ¿Necesitas pruebas?
Publicó un artículo en la revista Nature, con diagramas incluidos, sobre la forma científicamente óptima de cortar una tarta redonda y que no se seque (por si te lo estás preguntando: hay que cortar una banda central y juntar las mitades con una goma). Montó un laboratorio antropométrico en la Exposición Internacional de Londres, donde más de 9000 personas pagaron por medir su agudeza visual, su tiempo de reacción y su capacidad de escucha. Y realizó aportaciones importantes a la estadística, la psicometría y la biometría. Pero si por algo se le recuerda es por su obsesión con la herencia de las capacidades humanas y la posibilidad de mejorarlas mediante reproducción selectiva, lo que llamaría eugenesia. Que conste que nunca dijimos que todas sus ideas fueran buenas.
Ya con 85 años, Galton decidió ir a la feria de ganado de Plymouth. Allí estaban exhibiendo a un gran buey y los asistentes tenían que adivinar su peso. Cada persona compraba una tarjeta por seis peniques, escribía su nombre, dirección y la estimación de cuánto pesaría el animal. Los que más cerca estuvieran del peso del buey ganarían un premio.
Participaron unas 800 personas. Granjeros y carniceros, pero también empleados y curiosos sin la menor idea de ganado. El participante medio, escribió Galton, estaba probablemente tan capacitado para estimar el peso del buey como el votante medio lo está para juzgar la mayoría de las cuestiones políticas sobre las que vota.
Cuando el concurso terminó, Galton pidió prestadas todas las tarjetas para hacer uno de sus análisis estadísticos. A tenor de sus ideas sobre qué hacer con las capacidades humanas, posiblemente quería demostrar que el ciudadano medio e ignorante era incapaz de juzgar nada con criterio. Esto fue lo que encontró:
La media de todas las respuestas fue 1.197 libras.
El peso del buey era de 1.198 libras.
Galton publicó los resultados en Nature con el título Vox Populi. Escribió, con una sequedad británica propia de alguien que se hace llamar Sir, que el resultado parecía “más favorable a la fiabilidad del juicio democrático de lo que cabría esperar”. Olé.
La sabiduría de la multitud
Un siglo después, el periodista James Surowiecki puso nombre a lo que el viejo Galton había descubierto sin querer.
Si tomas una estimación individual, puedes dividirla en dos componentes: información y error. Si juntas a suficientes personas, con experiencias y perspectivas distintas, sus errores tienden a cancelarse entre sí y emerge una sabiduría de las masas.
Es verdad que si pones a 100 personas a correr los 100 metros y calculas su tiempo medio, obtienes un tiempo mediocre y mucho peor que el de los más rápidos. Pero si le pides a esas 100 personas que respondan una pregunta, como el peso de un buey, la respuesta media será a menudo tan buena como la del más listo del grupo. Porque aunque habitualmente el promedio es sinónimo de mediocridad, hay decisiones en las que el promedio se convierte en la mejor opción.
Eso sí, la multitud no es sabia por arte de magia. Según Surowiecki hay cuatro condiciones que tienen que darse a la vez para que emerja la sabiduría del grupo:
Diversidad de opinión. Cada persona necesita aportar su visión única, lo que incluye las interpretaciones más excéntricas y raras de los mismos hechos.
Independencia. Las opiniones de cada uno no deben estar determinadas por las de los demás. Basta con que la gente perciba que una opinión es mayoritaria para que los que piensan diferente se callen.
Descentralización. La gente tiene que poder apoyarse en su conocimiento específico, no esperar instrucciones de arriba. Los granjeros de Plymouth sabían de ganado, los carniceros sabían de carne y quienes pasaban por allí aportaban intuiciones sueltas. Nadie tenía acceso al peso exacto del buey, pero cada uno tenía su perspectiva.
Agregación. Tiene que existir un mecanismo para convertir todos esos juicios individuales en una decisión colectiva. En Plymouth el mecanismo fue Galton recopilando las tarjetas, en los mercados financieros es el precio y en buscadores como Google son sus algoritmos.
Si faltan una o varias de estas condiciones, la multitud deja de ser sabia. Y puede volverse peligrosamente estúpida.
La fiebre de la multitud
Surowiecki cuenta la historia del ingeniero George Geddes. En 1840 convenció a su pueblo, en Nueva York, de construir un camino de tablones de madera para sustituir los caminos de barro intransitables.
El camino redujo los tiempos de viaje a la mitad. Otros pueblos vieron el éxito y lo copiaron, y en menos de una década, aparecieron por todo el país más de mil empresas de caminos de tablones.
Aunque los caminos sólo duraban cuatro años, Geddes había prometido que durarían ocho. Había incluso condados donde la madera se pudría antes y los granjeros acababan arrastrando sus carros sobre tablas astilladas y hundidas, lo que en época de lluvias era peor que el barro que pretendían sustituir. Pero los pueblos vecinos seguían copiando.
Este fenómeno tiene nombre: los economistas lo llaman una cascada informativa. Dejamos de atender a nuestra propia información y nos limitamos a copiar lo que hace todo el mundo. El problema es que cuando la información inicial está equivocada, la cascada amplifica el error. Este mecanismo está detrás de las burbujas financieras, desde la tulipomanía holandesa del siglo XVII hasta la fiebre de los NFTs, pasando por una estafa empresarial del siglo XVIII en la que cayó Newton.
En los caminos cada pueblo miró al vecino y dejó de mirar la madera que se pudría bajo sus pies. En cambio, en la feria de Plymouth cada persona miró al buey con sus propios ojos. Allí Galton acabó demostrando lo contrario a sus ideas eugenésicas. Porque la sabiduría no siempre viene de los mejores. A veces, emerge de una multitud diversa en la que cada uno piensa por sí mismo.
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