#068 ⚠️ El peligro del cero
Todo es televisión y David Foster Wallace
¿Cuánto es 0,97 x 9.782 x 3.871.043 x 0?
Si no necesitas calculadora es porque sabes que cualquier cosa multiplicada por cero es cero, sin importar lo grandes que sean el resto de números.
Esta operación matemática tiene más que ver con la vida real de lo que parece y conecta con algunas ideas del episodio #66 del podcast. Si lo recuerdas, en aquel episodio hablábamos de la peculiar forma de mirar de los ingenieros, que si algo les caracteriza (ahora que Jaime no nos oye), además de su habitual falta de habilidades sociales, es la capacidad de abstracción.
Si como en aquel capítulo pensamos en una cafetería como un sistema de producción de desayunos, encontramos lo que se suele llamar factores limitantes o restricciones: cuántos huevos puedes hervir a la vez, cuántas tostadas puedes tostar a la vez o cuántos cafés se pueden preparar en paralelo. Estos factores limitantes pueden dar lugar a cuellos de botella: situaciones o puntos en los que el flujo de producción se para.
Los cuellos de botella son muy puñeteros, porque ya puedes tener un sistema estupendamente diseñado, que un cuello de botella en una parte minúscula del mismo puede echar a perder todo. Para saber cuánto daño puede hacer un cuello de botella, tienes que saber en qué tipo de sistema estás operando.
Sistemas aditivos, exponenciales y multiplicativos
Los sistemas aditivos son los más intuitivos: las partes se suman y forman el todo.
Piensa en un desayuno. Si la tostada se quema, el desayuno puede seguir adelante. Si algún familiar o amigo te ha traído dulces típicos de su último viaje, el desayuno mejora. El resultado depende de la suma de las partes. Lo mismo ocurre en un equipo de ventas donde cada comercial aporta sus clientes o en una liga de fútbol donde se suman los puntos que obtienes en cada partido.
En este tipo de sistemas, la clave es encontrar los factores que más resultado producen por unidad de esfuerzo y concentrarse en ellos. Si te equivocas, tirando algún que otro partido a la basura, no todo está perdido.
¿Pero qué pasa cuando las partes no suman, sino que se potencian? Ahí entran los sistemas exponenciales, formados por una base y una potencia.
Por ejemplo, invertir dinero. Tu capital multiplicado por la rentabilidad media es la base y el tiempo de inversión es la potencia. En este tipo de sistemas importa tanto la base (la inversión inicial y la rentabilidad) como la potencia (el tiempo invertido).
Otro ejemplo de estos sistemas exponenciales son los efectos de red de los que también hemos hablado en el podcast. Cuando solo una persona tiene teléfono, el aparato es inútil. Pero cada persona nueva que se suma no añade una sola conexión, añade tantas como personas ya había en la red. Llega un punto en el que no tener línea móvil pasa de ser lo normal a ser un problema para comunicarte.
Y luego están los sistemas multiplicativos, en los que los factores se multiplican entre sí.
La cafetería con la que empezamos esta reflexión es un ejemplo de sistema multiplicativo en acción, porque es importante tanto la cocina, como la ubicación, como el servicio. Todo está interconectado entre sí y, por tanto, el resultado depende de la multiplicación de los diferentes factores. Tu salud es otro sistema multiplicativo: depende del movimiento, del descanso, de la nutrición, del propósito...
Tanto en la cafetería como en tu salud, los factores no se compensan entre sí, sino que se amplifican o se anulan.
El peligro del cero
En los sistemas aditivos, un mal resultado no te saca del juego. Pierdes un partido y la temporada sigue. Pero en los sistemas multiplicativos y exponenciales, un cero puede destruirlo todo. Porque si uno de los factores que multiplican es cero, el resultado es cero, sin importar lo grandes que sean el resto de números.
Pongamos que estamos invirtiendo nuestros ahorros. Si la inversión se va a cero, no podremos beneficiarnos de ninguna rentabilidad, por muy alta que sea. Por eso, como dice Warren Buffett, «la regla número 1 es no perder dinero y la regla número 2 es no olvidar la regla número 1».
Vamos con un ejemplo más extremo para ilustrar el peligro del cero.
Es 1986 y un joven de 22 años llamado Len Bias acaba de ser seleccionado como segunda elección del draft de la NBA por los Boston Celtics. Tenía todo lo que un jugador podía pedir: más de dos metros, una agilidad fuera de lo común, el título de mejor jugador de su conferencia universitaria y un camino despejado hacia una carrera profesional brillante.
Dos días después del draft, Len Bias murió de una sobredosis de cocaína.
Len Bias tenía todos los factores a su favor, menos uno. Y la misma dinámica ocurre en otros muchos ámbitos de la vida, como los negocios o la inversión. Por eso, si estás en un sistema multiplicativo o exponencial, empieza eliminando los ceros.
🎙️ Episodio de la semana: #268 Todo es televisión
Un capítulo sobre cómo las redes sociales y hasta los podcasts se están convirtiendo en una nueva forma de televisión. Y cómo este cambio impacta nuestra atención y forma de pensar. Por el camino:
📺 La sociedad que piensa en escenas
🤖 Un duelo de prompts en la universidad
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📺 Recomendación de la semana: E Unibus Pluram: Televisión y ficción estadounidense, de David Foster Wallace
Casi treinta años antes del artículo de Derek Thompson, David Foster Wallace escribió sobre los peligros de la televisión. Si todo se está convirtiendo en televisión, deberíamos tenerlos todavía más presentes.
«La segunda gran ventaja es que la televisión parece ser un regalo caído del cielo para una subespecie humana a la que le encanta mirar a los demás, pero odia que la miren a ella. Y es que la pantalla de televisión solo permite el acceso en un sentido. Una válvula de retención psíquica. Nosotros podemos verlos; ellos no pueden vernos. Podemos relajarnos, sin ser observados, mientras miramos a placer. Creo que esta es la razón por la que la televisión también atrae tanto a las personas solitarias. A los que se recluyen voluntariamente. Todas las personas solitarias que conozco ven mucha más televisión que la media estadounidense de seis horas al día. A los solitarios, al igual que a los personajes de ficción, les encanta la observación unidireccional. Porque las personas solitarias suelen estarlo no por una deformidad horrible, un olor o un carácter insoportable —de hecho, hoy en día existen grupos sociales y de apoyo para personas con precisamente esas características. Las personas solitarias tienden más bien a estarlo porque se niegan a soportar los costes emocionales asociados con estar rodeadas de otros seres humanos. Son alérgicas a la gente. La gente les afecta demasiado. Llamemos a la persona solitaria estadounidense media «Joe Maletín». Joe Maletín simplemente detesta la carga de la autoconciencia que, curiosamente, parece aparecer solo cuando hay otros seres humanos reales alrededor, mirándole fijamente, con sus antenas humanas en alerta. Joe M. teme cómo pueda parecer ante los observadores. Se mantiene al margen del estresante juego estadounidense del póquer de las apariencias».



