#061 🔀 Cómo decidir (casi) cualquier cosa
Y la forma del tiempo, la mejor lectura en lo que va de año y las cartas a los accionistas de Amazon
Ay, las decisiones. Oficialmente, hemos dedicado nueve capítulos del podcast al tema. Pero en realidad, casi todo kaizen va sobre ellas. Porque nuestra vida es una sucesión de decisiones, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, un día tras otro. Por eso, en esta edición especial de la newsletter vamos a ordenar las ideas más importantes que han salido en el podcast sobre cómo decidir.
Céntrate en el proceso
Tendemos a afrontar las disyuntivas de la vida como si se trataran de movimientos de ajedrez. Como si hubiera una opción óptima, mejor que las demás, que debamos descubrir. Pero la vida se parece poco al ajedrez. La suerte no juega al ajedrez. Tampoco hay información oculta ni incertidumbre. Todas las piezas están sobre el tablero y sabemos exactamente qué movimientos podemos hacer y cuáles puede hacer nuestro rival.
La vida es más póker que ajedrez.
La suerte sí juega al póker. Tanto, que un jugador principiante puede ganar al campeón del mundo en una mano. Pero eso sucederá una de cada mil partidas, porque el campeón tiene un mejor proceso de decisión. Uno con el que lidiar con la incertidumbre, la información oculta y la suerte, claro.
Algo parecido ocurre en la vida: nos gustaría obtener los mejores resultados con cada decisión, ganar cada una de las manos, pero no conocemos ni controlamos cada variable.
Si tenemos un buen proceso para tomar decisiones, en el largo plazo nos irá mejor.
Con todas las ideas que han ido apareciendo por el podcast hemos creado un proceso que sirve para tomar (casi) cualquier decisión. Eso sí, antes de entrar en cada paso, no olvides que no todas las decisiones son iguales.
Hay decisiones que puedes analizar pieza a pieza: por muy complicadas que sean, las piezas encajan siguiendo algún tipo de lógica. Elegir una hipoteca, por ejemplo.
Y hay decisiones donde la complejidad es de otro orden: no puedes separar las partes, no tienes datos, o ni siquiera sabes cómo vas a valorar el resultado hasta que lo vivas. Emprender sería un buen ejemplo.
El proceso que proponemos tiene herramientas para ambos tipos, pero antes de hacer cualquier cosa, recuerda qué decisión tienes entre manos.
1. Filtra: no todas las decisiones merecen tu atención
La mayoría de decisiones no deberían quitarte el sueño y, algunas, no deberían robarte ni un minuto de tu tiempo.
Para filtrar, una de las herramientas más útiles es la matriz Eisenhower. Si ponemos en un eje la importancia y en otro la urgencia obtenemos cuatro cuadrantes en los que clasificar las decisiones. Cada cuadrante nos da una pista de cómo afrontar la decisión. Si:
Es importante y urgente, decide ahora.
Es importante pero no urgente, decide más adelante.
Es urgente pero no importante, delega o incluso ignora.
No es ni urgente ni importante, elimina.
Antes de pasarse a la buena vida, Jeff Bezos escribió en una de las cartas a los accionistas de Amazon uno de los párrafos más útiles para decidir:
«Algunas decisiones tienen consecuencias y son irreversibles o casi irreversibles —puertas de un solo sentido— y deben tomarse de forma metódica, cuidadosa, pausada, con gran deliberación y reflexión. Si cruzas y no te gusta lo que ves al otro lado, no puedes volver al lugar donde estabas antes. Podemos llamar a estas decisiones “de tipo 1”. Pero la mayoría de las decisiones no son así, son cambiantes, reversibles, son puertas de doble sentido. Si has tomado una decisión “de tipo 2” que no es óptima, no tienes que vivir con las consecuencias durante mucho tiempo. Puedes volver a abrir la puerta y dar marcha atrás».
Aunque el mundo nunca es realmente binario, con las dos dimensiones que propone Bezos (el grado de reversibilidad y la importancia de las consecuencias), podemos crear una nueva matriz que nos sirva como segundo filtro. Si es:
Difícilmente reversible y con consecuencias importantes (tipo 1), merece toda tu atención. Dedica tiempo, analiza, consulta. Ejemplo: comprarte una casa
Difícilmente reversible pero sin grandes consecuencias, decide con calma pero sin obsesionarte. Si te equivocas, el impacto es limitado. Ejemplo: gastar dinero en una cena.
Fácilmente reversible y con consecuencias, experimenta para obtener evidencias. Ejemplo: probar un nuevo trabajo.
Fácilmente reversible y sin consecuencias (tipo 2), decide rápido o delega. No malgastes energía. Ejemplo: elegir qué cenar.
Hay un tercer filtro que merece la pena aplicar: ¿tu problema es de los que se pueden descomponer y analizar, o es de los que no? Dicho de otra forma: ¿estás ante un problema complicado o ante un problema complejo?
Un problema complicado tiene muchas piezas, pero con tiempo y método puedes entenderlas todas.
Un problema complejo no funciona así. Las piezas se influyen entre sí, los datos no llegan y el análisis tiene un techo.
Saber en cuál estás te va a ahorrar mucho tiempo y mucha frustración con los pasos que vienen.
Después de aplicar los tres filtros, podemos pasar al siguiente paso.
2. Define: entiende el problema
Circula por Internet una frase atribuida a Einstein que dice: «Si tuviera una hora para resolver un problema, dedicaría 55 minutos a pensar en el problema y 5 a pensar en la solución». Sea suya o no, un problema bien definido es un problema medio resuelto.
Suena obvio, pero la mayoría de las veces saltamos directamente a resolver el problema para, semanas después, darnos cuenta de que habíamos pasado por alto un matiz crucial. Algunas preguntas, de dos ex-consultores de McKinsey (que Recuenco nos perdone), pueden ayudarte a definir mejor el problema:
¿Qué queremos conseguir exactamente?
¿Quién va a decidir?
¿Qué restricciones tenemos (de tiempo, de presupuesto, de recursos)?
¿Cómo vamos a medir si lo hemos resuelto?
Antes de seguir analizando, hay otra pregunta que te puede ahorrar muchísimo tiempo: ¿alguien ha solucionado ya este problema? Si la respuesta es sí, explora esa solución y piensa cómo adaptarla a tu contexto particular.
Si la respuesta es no, piensa si conoces alguna situación parecida. Aquí es donde entra tu arsenal de modelos mentales, que si llevas tiempo por aquí es un concepto que seguro que te suena. Cuantos más modelos, más probable es que reconozcas patrones y encuentres analogías útiles para el problema que tienes delante. La mayoría del tiempo, pensar por analogías será más que suficiente para resolver el problema.
Pero, si nadie ha resuelto antes el problema que tienes delante y no encuentras ningún modelo aplicable a tu situación, tendrás que invertir más energía en analizarlo en profundidad y, quizás, repensarlo desde los primeros principios. Eso significa descomponer la situación en sus partes más pequeñas sin dar nada por hecho. La clave es que esas partes sean MECE: mutuamente excluyentes (cada parte es independiente de las demás) y colectivamente exhaustivas (entre todas cubren el problema completo).
El análisis MECE es potentísimo para problemas simples y complicados, pero si estás en el terreno de lo complejo (si las partes del problema no se pueden separar y se influyen entre sí), puedes saltar directamente al paso 5.
Una vez definido el problema, toca pensar qué puede pasar con las diferentes alternativas.
3. Anticipa: piensa en las consecuencias
Cuando en la decisión hay otras personas cuyos intereses pueden chocar con los tuyos, entramos en el terreno de la teoría de juegos. Antes de decidir, pregúntate quién más está jugando, qué incentivos tiene y a qué tipo de juego estáis jugando: ¿Suma cero, suma negativa o suma positiva? ¿Corto o largo plazo? ¿Dilema del prisionero? ¿Tit for tat?
Una herramienta útil para representar los diferentes escenarios, en función de lo que haga otra persona o de algún factor incierto que desconoces, son los árboles de decisión. Partiendo de la decisión, saca una rama para cada opción y de cada rama saca diferentes sub-ramas con los posibles resultados con sus probabilidades.
Otra idea en la que merece la pena detenerse es el coste de oportunidad. Este modelo mental de la economía viene a decirnos que nada es gratis, que el precio de elegir una opción es el de su mejor alternativa. Que si eliges A, estás renunciando a B, a C y a D.
Muchas técnicas pueden ayudarte a analizar mejor las consecuencias de las diferentes alternativas para elegir la mejor, nosotros vamos a quedarnos con dos facilitas.
La primera es la regla del 10-10-10. Pregúntate qué consecuencias tendrá esta decisión en 10 minutos, en 10 meses y en 10 años. Te ayudará a poner las cosas en perspectiva y a no sufrir con decisiones que, vistas con distancia, no son para tanto.
La segunda es el pre-mortem. Imagina que han pasado seis meses y todo ha salido mal. ¿Qué falló? Es una forma de anticipar riesgos y preparar planes de contingencia antes de que sea tarde.
Llegados a este punto, conviene hacer una advertencia: analizar es una inversión para decidir mejor, pero te puedes morir analizando. Como cualquier otra inversión, lo que importa es la relación entre lo que gastas y lo que obtienes. Llegará un momento en el que cada hora adicional de análisis te aportará cada vez menos información, entrando en lo que se conoce como rendimientos decrecientes. Un buen indicador para no caer en la parálisis por análisis es actuar cuando probablemente nada de lo que puedas averiguar vaya a cambiar sustancialmente tu decisión. Y eso, pasa por dar el siguiente paso.
4. Invierte: evita tomar una mala decisión
Recuerda a Charlie Munger: si quieres vivir una larga vida, averigua dónde vas a morir y evita a toda costa ir a ese lugar. Invertir un problema —preguntarnos cómo lograr exactamente lo contrario de lo que pretendemos— es muchas veces la mejor forma de evitar decisiones desastrosas.
El principal enemigo aquí son los archiconocidos sesgos cognitivos, esos atajos mentales que se convierten en errores recurrentes. Como el sesgo de confirmación, que nos lleva a buscar información que apoya lo que ya creemos y a ignorar la que lo contradice. Por ejemplo, si estás convencido de que quieres aceptar una oferta de trabajo, tu cerebro omitirá las señales de alarma y dará más importancia a las buenas noticias. Para evitar caer en este sesgo, puedes hacer de abogado del diablo y buscar razones por las que tu opción favorita podría no ser la mejor.
En este apartado también entrarían las leyes de la estupidez, esa larga lista de razones por las que la liamos parda, la receta para una vida miserable o la dificultad que tenemos para cambiar de opinión. Te dejamos links a todas estas fuentes de malas decisiones para que aprendas a detectarlas y, lo más importante, a evitarlas.
Hasta ahora hemos puesto el foco en definir el problema, descomponer sus partes y anticipar escenarios. Pero hay decisiones donde eso no es posible. ¿Qué haces cuando no hay datos, ni modelos, ni experiencia previa?
5. Improvisa: experimenta con la incertidumbre
A veces te encontrarás con problemas genuinamente nuevos, para los que no hay soluciones previas, ni modelos aplicables, ni datos que analizar. Frente a estos problemas tendrás que improvisar. Y para improvisar con criterio hay dos ideas que pueden ayudarte.
La primera es la experimentación. En los problemas complejos, las piezas se influyen entre sí de formas que no puedes predecir. No hay modelo previo que valga ni análisis que te dé la respuesta. Así que el orden se invierte, y en lugar de analizar primero y actuar después, necesitas actuar para poder aprender algo de la decisión que tienes delante.
Lanza pruebas pequeñas y seguras, observa qué pasa y ajusta. ¿No sabes si te gustaría vivir en otra ciudad? No lo vas a resolver con una hoja de cálculo. Vete un mes, trabaja desde allí y fíjate en cómo te sientes. ¿No tienes claro si una idea de negocio funciona? Monta un producto mínimo viable para validar el interés del mercado antes de invertir todos tus ahorros. La clave es que los experimentos sean baratos y reversibles, que te den información sobre la situación sin pagar un precio demasiado alto.
La segunda idea son las experiencias transformativas, como convertirte en vampiro. Decisiones que son absolutamente irreversibles, que tienen grandes consecuencias y que, además, son epistemológicamente especiales (¡toma ya!) Esto significa que el principal reto es que no podemos valorarlas porque, en función de la opción que elijamos, vamos a cambiar de tal manera que nuestras propias preferencias cambiarán. Y, por tanto, no sabemos cómo las vamos a valorar hasta haberlas vivido. Dicho con otras palabras: en este tipo de decisiones, las estadísticas y las opiniones de otras personas son de poca ayuda.
Tener hijos es el ejemplo clásico. No puedes saber cómo es ser padre hasta que lo eres. Y cuando lo seas, ya no serás la misma persona que tenía que decidir ser padre.
Frente a estos casos, la pregunta más útil quizá no es qué opción maximiza tu felicidad, sino si quieres esa transformación. Si quieres descubrir quién serías en esa otra vida posible.
6. Documenta el proceso: aprende de tus decisiones
Una última idea práctica para mejorar tu proceso es dejar por escrito las decisiones importantes. Como nos contó Samuel Gil cuando se pasó por el podcast, los inversores en start-ups crean una tesis de inversión donde dejan por escrito por qué (o por qué no) invierten en una empresa, su grado de confianza y los riesgos que asumen.
Nosotros podemos hacer lo mismo con las decisiones importantes. Con el tiempo, podremos revisar esta tesis de decisión para evaluar su calidad más allá del resultado. Seguro que en la reflexión encontraremos aprendizajes para seguir mejorando nuestro proceso.
7. Acepta y convive con las consecuencias
Durante el proceso, habrá muchos factores que no controles: el azar, las decisiones de otros o información que desconoces. El estoicismo, esa filosofía con dos mil años que tan de moda está hoy, se enfrentaba a este problema con la dicotomía del control. Nadie la ha descrito mejor que Epicteto:
«La felicidad y la libertad comienzan con la clara comprensión de un principio: algunas cosas están bajo nuestro control y otras no. Sólo tras haber hecho frente a esta regla fundamental y haber aprendido a distinguir entre lo que podemos controlar y lo que no, serán posibles la tranquilidad interior y la eficacia exterior».
Céntrate en lo que puedes influir, asigna probabilidades a lo que no y acepta que el azar es parte de las decisiones.
Una vez tomada la decisión, el último reto es convivir con las consecuencias. Aquí el enemigo es la rumiación: darle vueltas a lo que ya no tiene remedio. Ante decisiones irreversibles, el “qué hubiera pasado si…” es una pregunta sin respuesta posible.
Lo que puede ayudarte es recordar que seguiste un buen proceso, y que un buen proceso a veces produce malos resultados por puro azar. Porque no todo estaba bajo tu control y, en lo que sí estaba, lo hiciste lo mejor que sabías.
Esperamos que este proceso te sirva como punto de partida.
🎙️ Episodio de la semana: #262 La forma del tiempo
Después de cinco años y medio, volvemos a hablar del tiempo. Esta vez desde la perspectiva de la cultura. Y por el camino:
🪄 La herejía de innovar
📼 La falsa nostalgia de la Generación Z
⚽ El fútbol como estado de ánimo
⚡ El día que inventamos el futuro
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✉️ Recomendación de la semana: las cartas a los accionistas de Amazon
Aunque ahora no es su fuerte, Jeff Bezos ha sido uno de los mejores decisores empresariales de los últimos años. Desde 1997 hasta 2020, compartió los modelos mentales y la lógica detrás de sus decisiones en las cartas a los accionistas de Amazon.
Ideas como la mentalidad del Día 1, la importancia del largo plazo, la obsesión por el cliente, las decisiones de tipo 1 y tipo 2, cómo superar el desacuerdo y cómo mantener los estándares altos.
Aquí tienes todas las cartas. Puedes empezar por 1997 y terminar en 2020, cuando Bezos dejó de ser CEO de Amazon.




Post maravilloso y creo que muy útil (me lo he guardado en varios formatos por si acaso para referencia futura). Pero, oiga, probar un trabajo como fácilmente reversible... no sé yo
Si algo me ha ayudado en los últimos 2 años, fue el capítulo de Kaizen sobre lo que mencionan hoy aquí: las decisiones reversibles o irreversibles de las que habla Bezos. Lo aplico muchísimo y me quitan de encima una cantidad de decisiones "pequeñas", lo que me permite concentrarme en las que realmente hay que dedicarles tiempo. Hoy analizo todas las decisiones desde esta perspectiva y, aparte de dejarme con más tiempo, diría que me dejan con más claridad de pensamiento. Creo que al decidir rápidamente sobre decisiones reversibles, o al dejar que otros decidan sobre ellas, disminuye mi carga cognitiva y me da eso que llamo "claridad de pensamiento". Digo yo qué es eso, sea eso o no, y siento que me ayuda muchísimo. Creo que el resto del artículo hay que digerirlo poco a poco y repasarlo siempre. Extremadamente útil. ¿Qué puede ser más útil que saber decidir?