#058 ✊ Optimismo político y el futuro en nuestras manos
Vivir en tiempos de IAs, 3 recomendaciones de Sara, el encuentro de la comunidad de febrero y mucho, mucho más
«Pero el efecto de su ser en quienes la rodeaban fue incalculablemente difuso: porque el creciente bien del mundo depende en parte de hechos sin historia, y que las cosas no sean tan malas para ti y para mí como pudieran haber sido se debe, en gran medida, a muchos que vivieron fielmente una vida discreta y duermen en tumbas que nadie visita.»
George Eliot, Middlemarch.
Hoy la introducción a la firma invitada la escribo yo, Jaime. Porque me da un enorme placer haber conseguido liar a Sara para que se asome por esta newsletter. Y que lo haga, además, para hablarnos del que para mí es uno de los temas más importantes quee podemos tratar: el optimismo político. Sí, sé que puede sonar a contradicción: son dos palabras que no parecen encajar mucho últimamente. Pero creo que necesitamos mucho de ambas cosas, de optimismo y de política, de la de verdad.
Sara se define como una abogada apasionada por el derecho, la influencia pública y la estrategia empresarial. Nos conocimos hace una década, en pleno auge de la Economía Colaborativa, nos hicimos amigos y hoy, casualidades de la vida, trabajamos juntos en Airbnb, donde ella dirige el equipo de Políticas Públicas para España y Portugal. Y de esta mezcla de mi ingeniería y de su derecho, de la amistad y del trabajo, han surgido infinidad de conversaciones, en las que lo mismo arreglamos el mundo que nos perdemos en las profundidades del determinismo y el libre albedrío. Porque lo que ella no dice en su descripción, y por eso lo digo yo, es que es una mente brillante con una curiosidad tan compulsiva como la mía. Y no hay más que pasearse por sus Notas al Margen para comprobarlo.
#058 ✊ Optimismo político y el futuro en nuestras manos
Es 1977. En algún lugar de la Checoslovaquia comunista, un puñado de personas decide movilizarse para reclamar que el Estado cumpla los compromisos en materia de derechos humanos que él mismo ha firmado. Ese gesto, modesto e ingenuo, acabó convirtiéndose en uno de los movimientos civiles más influyentes de la Europa del Este. Más de doscientas personas empujaron el movimiento que pasaría a la historia como la Carta 77, impulsado, entre otros, por Václav Havel. Lo que empezó como una iniciativa minoritaria terminó siendo el principal foco de oposición a aquel régimen comunista.
Hay pocas cosas más peligrosas para cualquier sistema establecido que un grupo reducido de ciudadanos convencidos de que el mundo puede cambiar y de que ese cambio depende de ellos. Personas dispuestas a romper la espiral del silencio, a asumir las consecuencias de sus actos y a defender una idea difícil: que la sociedad civil y la opinión pública no estaban funcionando como debían. Y que alguien tenía que alzar la voz.
La libertad como problema oportunidad
Con la secularización del poder político, catalizada por la Ilustración y las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX, se abrió un vacío de legitimidad profundo. Cuando desaparece la fe en el derecho divino de los reyes, el poder ya no puede justificarse mirando al cielo. La autoridad del poder pasa entonces a surgir de procesos institucionalizados, a través de la ley, la deliberación pública o las elecciones, capaces de generar por sí mismos la legitimidad necesaria para gobernar.
Ahí nace la democracia moderna y, con ella, la responsabilidad individual sobre el rumbo individual y colectivo. La «muerte de Dios» anunciada por Nietzsche sacude también la política. La libertad, para muchos, se convierte en un regalo envenenado que rápidamente se transforma en una carga. Porque ser libres significa que ya no podemos refugiarnos tras las pantallas del destino, la historia o las fuerzas invisibles. Significa aceptar que nuestras decisiones o nuestra inacción tienen consecuencias. Por eso la libertad ha inquietado siempre a quien no sabe qué hacer con ella: porque exige iniciativa, juicio y coraje.
El espejismo del determinismo
Frente a la incomodidad de gestionar la libertad y la responsabilidad individual, proliferan las teorías que nos prometen alivio. Cosmovisiones que nos empujan a pensar que nada depende realmente de nosotros. Que somos piezas pequeñas en engranajes gigantes: la historia, la economía, la estructura social, la ideología dominante. Que unos pocos están destinados a hacer grandes cosas y el resto debe conformarse con la irrelevancia. Estas narrativas deterministas tienen un atractivo evidente: nos descargan del peso de la responsabilidad. Si todo estaba escrito, nadie es del todo culpable ni del todo responsable. Pero una vida en la que nada depende de nuestra voluntad acaba siendo una vida sin sentido: una sucesión de acontecimientos sobre los que no tenemos control ni capacidad de juicio moral.
El problema se agrava cuando dejamos de tener ideas y permitimos que las ideas se apoderen de nuestra identidad. Cuando nos conducimos por consignas, cuando los dogmas nos dictan qué pensar, qué decir y quiénes somos. Así acabamos delegando nuestra capacidad de juicio, nuestra coherencia, y nuestro destino. La buena noticia es que ese hechizo se puede romper.
La responsabilidad de involucrarse
Habermas, uno de los grandes pensadores políticos del siglo XX, nos plantea una idea que, aunque es exigente, nos marca un camino con tintes optimista: la democracia funciona si los ciudadanos asumen su responsabilidad en la formación de la opinión pública. En sociedades plurales, donde no existe una cosmovisión o una religión compartida, el consenso ha de construirse. Y eso sólo es posible mediante procesos deliberativos adecuados: debate público, intercambio de razones o confrontación de argumentos.
La legitimidad democrática surge más de cómo llegamos a formarnos una opinión sobre a quién y por qué votar que del hecho en sí de votar. Cuando la conversación pública se degrada, se fragmenta, se polariza o se vacía de contenido, el sistema democrático entero se resiente. Por eso Habermas insiste en que participar en la formación de la opinión pública y de nuestras preferencias no debe considerarse opcional si queremos una democracia sana, porque es sólo mediante nuestra involucración que podemos reconciliar nuestros intereses individuales con el bien común.
Contra el Zeitgeist como excusa
Isaiah Berlin, filósofo liberal y uno de los grandes ensayistas políticos del siglo XX, se enfrenta al determinismo histórico con una defensa acérrima de la responsabilidad moral individual. Berlin desmonta la idea de que las acciones humanas puedan explicarse como consecuencias inevitables del Zeitgeist o «el espíritu de la época» o de grandes fuerzas impersonales. Si bien deja espacio a reconocer que existen condicionantes que pueden ser sociales, económicos, o culturales, advierte del peligro de convertirlos en excusas tras las que escondernos para no asumir nuestra responsabilidad.
Para Berlin, tanto el determinismo como cierto relativismo moral comparten un mismo efecto: nos empujan a la resignación. Nos dicen que no merece la pena actuar o comprometerse porque todo es provisional o inevitable. Y eso, en momentos de confusión colectiva como los que vivimos actualmente, resulta tentador. Pero es una tentación peligrosa. Por eso, a lo largo de la historia, estas cosmovisiones tienden a aparecer cuando el mundo se vuelve incómodo y nos encuentran más desprotegidos intelectualmente. Cuando la responsabilidad nos pesa demasiado y preferimos refugiarnos en abstracciones impersonales antes que afrontar la tarea de actuar como agentes del cambio.
La esperanza como rebeldía
Cierro esta escalera de ideas hacia el optimismo con Unamuno, quien desconfiaba tanto del individualismo cómodo como del cinismo resignado. Criticaba al individuo que se repliega en su esfera privada y confunde no intervenir en la esfera pública con la virtud moral. Porque ese repliegue, advertía, empobrece la vida y nos vacía de sentido. Frente a ello, propone una actitud de rebeldía: luchar incluso cuando no hay garantías de victoria. No porque el éxito esté asegurado, sino porque abandonarnos, dejar de luchar, nos deshumaniza. Porque la esperanza no es ingenuidad, es resistencia: «hagamos que la nada, si es que nos está reservada, sea una injusticia; peleemos contra el destino, y aun sin esperanzas de victoria; peleemos contra él quijotescamente».
Incluso en las democracias más consolidadas, las instituciones no se sostienen solas. Leyes, partidos y elecciones necesitan una ciudadanía activa, informada y dispuesta a implicarse. Sin una esfera pública viva, la democracia se vacía de contenido. El deterioro actual del debate político no es sólo culpa de los políticos, de los medios o de las redes sociales. También es consecuencia de nuestra retirada progresiva como sociedad. De haber delegado demasiado y habernos lavado las manos. Recuperar el optimismo político pasa por asumir que cada uno de nosotros tiene un margen real de influencia.
No es poco. Es exactamente lo que cambió la historia en la Checoslovaquia de 1977.
Cinco recetas para practicar el optimismo
Primera: rechazar el determinismo.
Ni sabemos ni parece que vayamos a poder saber si el destino está o no escrito. Podemos asumir que existen condicionantes reales, pero convirtiéndolos en excusas para renunciar a toda responsabilidad lo único que logramos es sacrificar esfuerzo moral por sentido vital. Pensar que el futuro no está cerrado nos hace más responsables, más presentes y, en definitiva, más vivos.
Segunda: cuidar el proceso de formación de nuestras opiniones.
Una sociedad libre exige ciudadanos intelectualmente exigentes. Debemos ser selectivos con la información que consumimos, huir de las cámaras de eco y aceptar el desacuerdo como herramienta de mejora y aprendizaje. Nos toca interiorizar que cambiar de opinión ante mejores argumentos no es debilidad: es madurez.
Tercera: participar activamente en la vida pública.
La democracia no se agota al ir a votar. Se alimenta cuando conversamos, escribimos, nos organizamos y nos comprometemos con proyectos que mejoran la sociedad en la que vivimos. Nada cambia si esperamos a que otros lo hagan por nosotros.
Cuarta: defender como legítima la opinión de quien piensa diferente.
La política, la sociedad y, en definitiva, la vida, no va de amigos ni enemigos, del ellos y el nosotros. Sin reconocimiento del otro como interlocutor válido, no hay democracia posible. Combatir ideas exige no deshumanizar a quien las defiende.
Quinta: apostar por la esperanza.
Porque no se trata de optimismo ingenuo, sino de la decisión consciente de no rendirse ni al cinismo ni al nihilismo. La esperanza es responsabilidad, es valentía y es trabajo diario.
El optimismo político y social no consiste en creer que todo irá bien. Consiste en asumir que nada irá bien si no nos involucramos. La historia no avanza sola: avanza cuando alguien decide que merece la pena hacerse cargo de ella.
🎙️ Episodio de la semana: #259 Vivir en tiempos de IAs: cyborgs muy humanos
Un episodio para reflexionar sobre cómo convivir con las inteligencias artificiales sin perder lo que nos hace humanos. Por el camino:
🏴☠️ Un pirata del siglo XXI
🐴 Centauros contra Cyborgs
✍️ Platón contra la escritura
🧠 La frontera dentada de la inteligencia artificial
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🐈 Sara nos recomienda: un libro, una serie y una película
Sabiéndome entre curiosos compulsivos, y en un intento de ahondar en esa curiosidad, os dejo con una tríada de libro, serie y película que me gustan para jugar a pensar en la intersección entre la ciencia y la ficción mientras nos enfrentamos, casi sin darnos cuenta, a preguntas bastante más profundas sobre la libertad, las decisiones individuales y el sentido de la vida.
Empiezo por el libro: El universo elegante es un libro divulgación científica relativamente asequible (incluso si eres de letras 🙂), en el que Brian Greene nos sumerge en el desarrollo de la física moderna desde la relatividad y la mecánica cuántica hasta las teorías de cuerdas. Más allá de explicar estas teorías con claridad, Greene propone una mirada que repiensa nuestra posición en el universo desde marcos más amplios y pone en duda certezas sobre el mundo en el que vivimos.
Sigo con la serie: Devs, ambientada en una empresa tecnológica que desarrolla un sistema capaz de reconstruir y predecir acontecimientos del pasado y del futuro con precisión. A medida que profundizan en los objetivos reales del proyecto, la serie te hace reflexionar sobre las consecuencias de usar una tecnología basada en la predicción absoluta, cuestionando el libre albedrío, la predeterminación y nuestra ilusión de control.
Por último, la peli: Coherence que transcurre casi íntegramente durante una cena entre amigos la noche en que un cometa pasa cerca de la Tierra. A partir de una serie de sucesos extraños, los personajes empiezan a experimentar anomalías cuánticas en su entorno inmediato. Dentro de su sencillez, la película traslada la paradoja del gato de Schrödinger a la vida real y te hace cuestionarte lo frágil que es nuestra identidad, qué nos define exactamente y cómo el azar y las decisiones personales pueden alterar por completo el contexto en el que vivimos.





3 cosas
Uno. Esto se merece una suscripción a notas al margen
Dos. Me ha recordado a por qué empecé mi newsletter. Participar en el debate público sobre temas de lo que discutimos mucho. Pero intentar hacerlo sin ruido y polémica.
Tres. "Never doubt that a small group of citizens can change the world. Indeed it is the only thing that ever has"
Ay, la responsabilidad. Se esfuerzan mucho en hacernos creer que ser responsables es algo muy duro, que es estresante, no vaya a ser que seamos conscientes de nuestra agencia. Por algo será. Me alegra mucho leer del optimismo y de forma práctica! Ya está bien de resignación mártir y cínica, de queja sin mover el culo y de venderse al que nos aplasta como si no hubiese otra forma.
Bueno, eso, que me ha gustado mucho XD Y encantada de tener Notas al margen de nueva lectura.