#057 🐇 El malestar y el placer de la curiosidad
Chalados voladores y las trampas de nuestra mente, secuela en Barcelona y cómo hacer un trabajo increíble
La curiosidad es un rasgo que recorre kaizen de arriba a abajo. Nunca nos hemos detenido a mirarlo con atención, y a eso vamos a dedicar la edición de hoy: a entender un poquito mejor este rasgo tan humano.
Detenernos en la curiosidad es honrar su significado, porque viene del latín: curiositas, cuya raíz es cura: cuidado, atención, preocupación. Quien tiene curiosidad es quien se preocupa, quien presta atención, quien mira con cuidado.
¿De dónde viene esa necesidad tan humana? ¿Qué es lo que nos empuja a querer saber?
La curiosidad como malestar
El psicólogo George Loewenstein llamó information gap (brecha de información) a la sensación de que hay algo que no sabes, pero quieres saber. Sobre esta idea construyó toda su teoría.
La curiosidad no es la atracción por el nuevo conocimiento, sino el malestar por lo que sabemos que nos falta; el hambre que tiene nuestro cerebro por llenar brechas de información. Unas brechas que van desde lo que sabemos hasta lo que nos gustaría saber. Para aliviar la tensión que generan estas brechas, salimos a cazar información.
La curiosidad tiene una relación peculiar con el conocimiento. El pico de curiosidad no ocurre cuando la brecha de información es demasiado grande porque no tienes ni idea, ni tampoco cuando ya crees que dominas una idea y percibes que la brecha es mínima o inexistente. El pico de curiosidad ocurre cuando sabes lo suficiente para darte cuenta de todo lo que te falta por saber.
Para llenar las brechas de información, la curiosidad nos empuja a conocer el mundo que nos rodea. Esa curiosidad es todavía mayor si la información te importa personalmente (como cuando acabas de ser padre y tienes brechas de información sobre crianza), el entorno destaca esa brecha informativa (como una pregunta que te lanza un amigo o una nueva tecnología que está en boca de todos) o si la realidad choca con tus expectativas (cuando ocurre un suceso contrario al que te esperabas).
Puede que te estés preguntando si esto de la curiosidad tiene cura. Siento decirte que no; cuanto más conozcas, más aumenta la curiosidad porque más brechas de información percibes. Como escribe Taleb:
«La curiosidad es antifrágil, como una adicción, y los intentos de satisfacerla hacen que aumente: los libros tienen una misión secreta y la capacidad de multiplicarse, como bien sabe todo el que tenga estantes de pared a pared llenos de libros».
Pero no todo va a ser malestar.
La curiosidad como placer
Jordan Litman es un psicólogo estadounidense que ha dedicado toda su carrera a investigar la curiosidad. Su principal idea es que la teoría de las brechas de información sólo captura un tipo de curiosidad, no toda. Porque hay experiencias de curiosidad, como leer un libro sin sentir una tensión previa o seguir profundizando en un tema por puro placer, que no diríamos que tienen su origen en el malestar.
Litman distingue entre dos tipos de curiosidad. Por un lado, está la curiosidad de tipo D (Deprivation): «Necesito saber esto», que es la que encaja con la teoría de las brechas de información; y, por el otro, está la curiosidad de tipo I (Interest): «Quiero seguir explorando».
Lo que determina el tipo de curiosidad es cómo nos relacionamos con la información. En la curiosidad tipo I, la relación con la información es de placer, al poder descubrir algo nuevo. En la curiosidad tipo D, la relación con la información es de malestar, al tener que cerrar una brecha.
Estas diferencias tienen una base biológica: la D está más conectada con el impulso de búsqueda (lo que en neurociencia llaman wanting), mientras que la I está más unida al placer de descubrir (el liking). Por eso la curiosidad tipo D está más conectada a las metas de rendimiento, mientras que la tipo I se asocia más con esa «inutilidad de lo inútil» de la que hablaba Nuccio Ordine.
Despierta la curiosidad
Para despertar la curiosidad, tenemos que diseñar las condiciones necesarias para que emerja.
La curiosidad tipo D se activa cuando nos falta una pieza de información para resolver un problema, cuando alguien nos lanza una buena pregunta o cuando la realidad contradice lo que esperábamos. Puede que Loewenstein la catalogara como malestar, pero algunos no podríamos vivir sin ello.
Y luego está la curiosidad tipo I, que es más frágil. Necesita espacio, tiempo sin objetivos, permiso para explorar sin tener que justificar para qué. Necesita entornos donde preguntar no te cueste nada y donde equivocarse no sea un problema. Quizá por eso la asociamos tanto con los niños, porque todavía no tienen la necesidad de demostrar a los demás lo mucho que saben.
Sea malestar o sea placer, la curiosidad va de no olvidar que dentro de cada uno de nosotros hay un niño que mira con inquietud a las personas, las ideas y las técnicas fascinantes de las que aprender cada día.
🎙️ Episodio de la semana: #258 Agencia (II): chalados voladores y las trampas de nuestra mente
Continuamos hablando de la alta agencia con un hombre que quería volar. Y por el camino:
🧠 Las cinco trampas de la baja agencia
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🪣 Hay un modelo mental que aparece en muchos ámbitos de la vida, que tiene su origen en la agricultura y que ha pasado al colectivo popular como una cadena, aunque se popularizó como un barril. Descúbrelo aquí.
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🏆 Recomendación de la semana: How to Do Great Work
Este articulazo de Paul Graham sobre los ingredientes para hacer un trabajo increíble. La curiosidad no podía faltar.
«La curiosidad es la mejor guía. Tu curiosidad nunca miente y sabe más que tú sobre lo que merece la pena prestar atención».



