#056 ✨ Efecto Pigmalión: ratas inteligentes, un test de inteligencia de Harvard y una estatua que cobra vida
Agencia, encuentro de febrero de la comunidad y educar en la rebeldía
Cuenta Ovidio que en el antiguo Chipre había un grupo de mujeres, conocidas como las Propétides, que dejaron de adorar a Venus para entregarse al vicio y al placer. Varios hombres, horrorizados por estas conductas, se alejaron del género femenino. Entre ellos se encontraba Pigmalión, que decidió vivir en celibato y volcarse en la escultura.
Pigmalión perfeccionó su arte hasta el punto de que logró tallar una figura perfecta de marfil de una mujer. El artista no sólo admiró su obra sino, que empezó a tratarla como si estuviera viva, proyectando sobre ella los deseos de una mujer que no encontraba en la sociedad de su época. La vestía. Le hablaba. La abrazaba. Incluso, según algunas versiones, le puso un nombre: Galatea.
Venus, conmovida por el amor de Pigmalión hacia Galatea, decidió dar vida a la estatua. Cuando Pigmalión la besó, el frío marfil se ablandó bajo sus labios.
Este relato, que durante siglos fue una fantasía rara sobre el poder del deseo –¿a quién se le ocurre enamorarse de una estatua?–, terminó dando nombre a un proceso real. Porque nuestras expectativas no son pensamientos aislados; son fuerzas que influyen en el comportamiento de los demás y crean una especie de profecía autocumplida donde el otro termina pareciéndose a lo que nosotros esperamos de él. Robert Rosenthal lo aprendió por las malas.
Cuando era un estudiante de doctorado en la Universidad de California, Rosenthal descubrió que había alterado los resultados de su tesis. Sin quererlo, había influido en los sujetos para que respondieran como él esperaba. Eso le llevó a una crisis y a cuestionar el valor de la ciencia y el futuro de su carrera como investigador.
Para profundizar en la influencia de las expectativas, realizó un experimento con ratas. Dividió a sus estudiantes en dos grupos. A uno le dijo que las ratas eran especialmente inteligentes y al otro que eran especialmente torpes. Las ratas especialmente inteligentes rindieron mucho mejor. ¿Por qué? Porque creer que eran más listas hizo que los estudiantes las trataran con más suavidad y las acariciaran con más frecuencia. Esto hizo que los animales estuvieran menos estresados y aprendieran mejor.
Puede que te estés preguntando si este efecto sólo les ocurre a las estatuas y a las ratas o si también nos influye a las personas. Estamos a punto de descubrirlo.
Pigmalión va a la escuela
Siendo ya un psicólogo reputado en Harvard, Robert Rosenthal unió fuerzas con la directora escolar Lenore Jacobson. En el centro, comunicaron a los profesores de primaria que, basándose en un test de inteligencia de Harvard, algunos de sus alumnos eran «aceleradores del crecimiento».
Cuando llegó el final del curso, el aumento del coeficiente intelectual de los alumnos aceleradores del crecimiento fue mayor que el del resto. Nada sorprendente, salvo que los resultados y el test eran una invención de los investigadores. Los alumnos «aceleradores del crecimiento» habían sido elegidos al azar. Entonces, ¿por qué este grupo había mejorado más que el resto?
Así lo explican Rosenthal y Jacobson en las conclusiones del estudio:
«Las expectativas de una persona sobre el comportamiento de otra pueden llegar a servir de profecía autocumplida. Cuando los profesores esperaban que ciertos niños mostraran un mayor desarrollo intelectual, esos niños mostraron un mayor desarrollo intelectual».
Los resultados inventados del test pusieron en marcha uno de esos bucles de retroalimentación de los que tanto hemos hablado en el podcast:
El proceso empieza con la transformación de las expectativas del profesor, quien de repente empieza a mirar al alumno con otros ojos.
Esa nueva mirada se traduce en acciones: el profesor crea un clima más cálido, propone retos más complejos y ofrece un feedback mucho más rico.
Al recibir este trato preferente, es el alumno quien cambia, elevando la imagen que tiene de sus propias capacidades.
Esta nueva confianza impacta directamente en sus acciones, haciendo que se esfuerce más y asuma retos más ambiciosos.
Finalmente, los buenos resultados del alumno no hacen más que confirmar y reforzar la creencia inicial del profesor, cerrando y reforzando la profecía autocumplida.
Un fenómeno en las dos direcciones
Galatea cobró vida, las ratas supuestamente inteligentes aprendieron más y los supuestos niños «aceleradores del crecimiento» mejoraron sus capacidades más que el resto. Pero las expectativas ajenas no siempre mejoran lo que nos rodea, a veces, lo empeoran.
El propio Rosenthal llama efecto Golem a la influencia negativa de las expectativas ajenas en nuestro desempeño. También ocurre en las aulas con prejuicios como que las mujeres tienen peores capacidades para las matemáticas o que los afroamericanos tienen más dificultades con la expresión verbal. Estas creencias, aunque no sean ciertas, actúan como un lastre para esas personas. Porque, cuando proyectamos expectativas bajas sobre alguien, el bucle de retroalimentación vuelve a empezar, pero esta vez en la dirección contraria.
El profesor espera poco de alguien, le ofrece menos retos y un feedback más pobre. La persona, al ver que es tratada así, acaba rindiendo por debajo de sus posibilidades reales, confirmando la profecía negativa y reforzando el bucle.
El efecto Pigmalión nos devuelve a esa idea de que La realidad no existe. Porque no somos observadores pasivos, sino creadores. Y lo que pensamos de los demás transforma a quienes nos rodean, como el escultor que se enamoró de su obra.
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Este hilo de Twitter de Héctor Ruiz explicando los matices detrás de este fenómeno aplicado al aprendizaje.


